La época estival altera el ritmo de vida de la sociedad. Modificamos los hábitos del resto del año, un fenómeno que va más allá de las familias ligadas al calendario escolar. Es un momento idóneo para recordar la importancia del reposo, un principio sagrado desde el origen del mundo, cuando Dios fijó 6 días en los que hizo toda su obra y el último para descansar, no porque Él lo necesitara, sino como lección didáctica sobre la importancia del descanso. Y, curiosamente, hizo coincidir su último día, el de descanso, con nuestro día de descanso. Es decir, que nuestra mente, cuerpo y alma deben entender que no trabajamos para descansar, sino que descansamos bien para trabajar bien, y ese descansar bien no puede ser de otra forma que no sea descansar en Él, con un rato especial en su compañía, además de con las personas que ha permitido que nos acompañen en la vida: familia, amigos, iglesia, prójimos…
Ante esta realidad, cabe formularse la pregunta: ¿existe un descanso para el cristiano? Es decir, ¿es lícito plantear unas vacaciones de nuestra fe? Obviamente, la respuesta es que no; en la vida cristiana no caben los períodos de interrupción. Esto es así porque el ser cristiano, como la Escritura lo enseña, no radica en el cumplimiento de tareas religiosas, ni fatigosas, ni llevaderas, ni siquiera que nos resulten cómodas, sino en el cultivo de una relación de amistad con Dios, quien nos iluminó mostrándonos la verdad y nos adoptó como hijos suyos.
Así como no hay tregua en los afectos de la familia humana o de la amistad verdadera, tampoco la hay en la familia de Dios, pues el amor auténtico, la amistad, la fe y la misericordia no descansan.
Es por eso que nuestra relación con Dios y sus implicaciones no pueden suspenderse con la llegada del verano. La oración, escuchar su voz a través de la Escritura, la solidaridad con los más necesitados, el apoyo a los hermanos, la visita a otras iglesias hermanas en otros lugares, el ser testigos de su obra y facilitadores de su mensaje de buenas noticias no admiten paréntesis, ya que es imposible pausar nuestra condición de hijos de Dios. Tanto en invierno como en época estival, nuestra identidad permanece inalterable: Él es siempre nuestro Padre y nosotros, de manera permanente, somos sus hijos y hermanos los unos de los otros.
Recibimos el período estival como un regalo diseñado no solo para reponer nuestras energías físicas, sino también para restaurar, fortalecer y enriquecer nuestra comunión con Dios y con el prójimo. Es un tiempo propicio para intensificar la convivencia con la familia y las amistades, profundizar en la oración personal y dedicarnos a actividades enriquecedoras para nuestro ser integral.
Las Sagradas Escrituras nos recuerdan este principio fundamental: «Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación» (Gn. 2:2-3). Vivamos, por tanto, este tiempo que el Señor nos concede con un profundo sentido de gratitud y responsabilidad, convirtiéndolo en un verdadero espacio de santificación y renovación, porque no dejamos de ser hijos de Dios y herederos junto con Cristo, con quien seremos juntamente glorificados.
Juan Antonio Robles
Domingo 02 de agosto 2026
