Hubo un tiempo en el que parecía haber acuerdo en que las personas son, todas ellas, iguales ante los ojos de Dios. Dicho de otra manera, parecía existir consenso en que Dios no hace acepción de personas, tal cual se afirma literal y directamente, como entre otras muchas citas, en Lc 20:21. Aunque, a veces, este consenso aparece dicho de otras maneras, como ponen de relieve los siguientes versos: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3:28; Col 3:11). O en esta otra de Apocalipsis: “vi una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas” (Ap 7:9).
No obstante, era una sensación engañosa. Baste señalar que en pleno siglo XX, el libro Productive Christians in age of guilt-manipulators (Cristianos productivos en una era de manipuladores de culpa), defiende la idea contraria, pues, invocando el Antiguo Testamento, justifica la idea de la esclavitud de los extranjeros, llegando a considerarla moralmente superior a los programas sociales.
Pero no es solo esto. El 20/03/2011, el pastor Terry Jones quemó a las puertas de su iglesia un ejemplar del Corán. El político José María Figaredo ha dicho que a los menores llegados a Ceuta hay que cazarlos uno a uno. Y el sacerdote Javier Aizpún, canónigo de la catedral de Pamplona ha propuesto bombardear Rabat y conquistar Marruecos para, luego, convertirla al cristianismo.
Pero sin llegar a estos extremos, durante siglos se ha defendido que la idea de la igualdad de las personas es asunto estrictamente espiritual, con lo cual se legitimaban las desigualdades sociales más sangrantes. Lo cual es una grave contradicción con lo dicho en el NT porque, a pesar de la brecha tan enorme que nos separa de los usos u costumbres de aquellas sociedades, las iglesias pusieron su granito de arena para llevar a los social la abolición de las desigualdades. Porque, ¿en qué otra institución podía la mujer hablar en una asamblea, aunque fuera cubriéndose la cabeza?… En ninguna.
Pero no es sólo en el NT, en el AT también encontramos, el principio de que Dios no hace acepción de personas… Y si no que se le pregunten a Jonás. Porque, salvo el orden de los factores (él predicó antes de abrasarles, no después, como propone el Sr canónigo), no hay mucha diferencia entre la forma de pensar de uno y del otro. Y esta es la gran lección que sufrió en propia carne, que todos son iguales a los ojos de Dios.
Con frecuencia nos centramos mucho más en el hecho en sí de la desobediencia inicial de este profeta y en sus apuros, que en lo que es el hilo conductor del libro. Porque el hilo conductor es que allí donde Jonás hacía acepción de personas, Dios, no.
La frase “todos son iguales a los ojos de Dios” pertenece a una extraordinaria y enternecedora canción de los años 60del pasado siglo, que lleva por título “De qué color es la piel de Dios”. Pero no os dejéis llevar por el rechazo a lo antiguo, constituye un extraordinario devocional.
Por ello, aquí os dejo el enlace:
David Casado Cámara
Domingo 09 de agosto del 2026
