Soltar el volante

Cada uno tenemos nuestras virtudes y nuestros defectos y uno de los míos es tenerme de copiloto (si no, preguntadle a mi hermana). Ir conmigo de copiloto implica que voy a estar pendiente de que no te saltes la salida, de que adelantes al que va delante, que va muy despacio, de decirte el mejor camino para llegar a cualquier sitio o de pisar el pedal del freno imaginario si te acercas mucho al de enfrente. Es decir, conduces tú, pero dirijo yo.

El otro día iba pensando en un problema que he tenido en el trabajo y que se escapaba de mi control. Estaba orando y pidiéndole por favor a Dios que lo solucionara porque yo no podía hacer nada, y me di cuenta de que el momento en el que dejo las cosas en manos de Dios es cuando ya he probado todo lo que podía probar y he visto que no soy capaz de hacerlo. Pero ¿debería ser así?

Uno de mis capítulos favoritos de la Biblia es Proverbios 3 porque incluye uno de mis versículos favoritos, que es el 3: “La verdad y la misericordia nunca se aparten de ti; átalas a tu cuello, escríbelas en la tabla de tu corazón” (pero esto ya queda para otro artículo). El caso es que, leyéndolo el otro día, al avanzar más, me paré en el 5 y el 6, que dicen:

“Confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu propio entendimiento. Reconócele en todos tus caminos y Él enderezará tus sendas”.

Yo dejándole a Dios lo que no puedo hacer y encargándome de lo que sí, y Él diciéndome que le reconozca en todos mis caminos, no en los difíciles, no en los que escapan a mi control, no: en todos. Y, además, que no me apoye en mi entendimiento. Es decir, que suelte el volante. Que ponga todo en sus manos y Él hará. Todo.

¿Y tú? ¿Buscas a Dios allá donde no llegas o le buscas en todos tus caminos? ¿Vas sentado, como yo, en el copiloto, dirigiendo? ¿O le dejas a Dios el volante?

Paula A.

Domingo 26 de abril 2026