“¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.“
— Miqueas 7:18-19 (RVR1960)
Nuestro Dios, grande en misericordia, ya perdonó todos nuestros pecados al entregar a su Hijo unigénito en la cruz del Calvario para nuestra salvación. Como dice la Escritura: «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16). Ante Sus ojos no existen pecados pequeños o grandes; cualquier desviación de Su verdad es pecado. Sin embargo, cuando decidimos creer por fe y lo reconocemos como nuestro Señor y Salvador, Él nos limpia, nos purifica y nos libera de las ataduras del pasado.
A menudo cometemos actos que no agradan a Dios, a veces por la oscuridad que nos impide ver la luz de Su verdad, o por repetir patrones generacionales de los que ni siquiera somos conscientes. No obstante, la buena noticia es que tenemos la libertad de decidir. Dios nos otorgó el libre albedrío, recordándonos: «A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia» (Deuteronomio 30:19). Tenemos en nuestras manos la oportunidad de tomar una decisión radical, dar un giro de 180 grados y dejar atrás aquello que nos daña y lastima a quienes nos rodean.
Es común escuchar: «Qué mal año fue el anterior, ojalá el 2026 sea diferente». Pero, en mi humilde opinión, la culpa no es del calendario. En aquello que podemos controlar, somos responsables de nuestros actos. Si cada año repetimos las mismas conductas, obtendremos los mismos resultados. La verdadera transformación ocurre cuando cambiamos nuestra visión, nos autoanalizamos y decidimos qué debemos soltar. Cuando abrazamos la gratitud por todo lo vivido, las circunstancias empiezan a verse bajo una luz distinta.
Por supuesto, hay situaciones que escapan a nuestro control y pertenecen a la soberanía de Dios. En esos momentos, debemos pedir sabiduría para aceptar Su voluntad, confiando en lo que dice Su Palabra: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Romanos 12:2). Aunque a veces no la entendamos y el proceso duela —ya sea una enfermedad, una pérdida o una crisis económica— Su voluntad siempre tiene un propósito eterno.
En este nuevo año 2026, te invito a hacer un alto en el camino. Permítete analizar qué estás haciendo con tu vida, tu relación con Dios, tus decisiones, tu trabajo, tu familia y tu salud integral. Este autoexamen te impulsará a tomar acciones que te permitan crecer y caminar en lo que le agrada al Señor.
Si aún no conoces a Dios, deseo que Él te ayude a tomar la mejor decisión de tu vida: dejarte moldear por Sus manos, pues Él es el alfarero y tú eres el barro, destinado a ser una vasija de gran valor. Y si ya lo conoces pero has caído, ¡levántate! Busca al Padre, pues Su misericordia es inagotable. El arrepentimiento genuino no es remordimiento (sentirse mal para luego volver a caer); es un cambio de mente que nos hace repudiar el pecado y elegir no volver atrás. No permitas que la vergüenza te aparte de Su presencia. Al contrario, corre a Sus brazos como el hijo pródigo: «Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó» (Lucas 15:20). Él jamás te rechazará.
Mi deseo para ti en este 2026 es que experimentes la libertad y la paz que solo trae el perdón de Dios. Que Su fidelidad y bondad te acompañen en cada paso.
Dios te bendiga y te guarde siempre. ¡Que este sea un año de total transformación para ti y los tuyos!
Blanca M.
Domingo 11 de enero 2026
