Y ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados. Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones.
1ª de Pedro 4:8-9
A veces vienen a mi mente escenas de convivencia familiar. Mi casa, con mucha frecuencia, se llenaba de familiares, aunque no era grande. La familia estaba formada por mis padres y cuatro hijos. Y, como digo, siempre había alguien más: que si un hermano soltero por muchos años, que si algún sobrino u otro por largas temporadas, e incluso una mujer mayor, familiar lejana, que se unió a la familia por bastantes años. Algunos coincidieron en el tiempo a la vez, pero no todos.
Lo que sí coincidía era su necesidad y la falta de apoyo en sus circunstancias. Mis padres se lo dieron y nunca se quejaron; al contrario, siempre los recibieron con mucho amor y cariño. Sin lujos, lo que había de comer se repartía para todos, los dormitorios se compartían sin queja alguna. Realmente eran muy hospitalarios y generosos, no solo con la familia, sino también con los vecinos, algunos con muchos hijos, que a la hora de la comida siempre dejaban caer por la casa a algún niño. Naturalmente, siempre había un hueco para él en la mesa.
Son recuerdos que vienen a mi mente cuando leo algunos versículos como este de 1ª P. 4:8-9, que encabeza el artículo, o este otro:
“Permanezca el amor fraternal. No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”.
He. 13:1-2
La Palabra del Señor nos recalca que debemos ser tanto generosos como hospitalarios. No debemos confundir comunión o buena sintonía (yo invito a comer y tú me invitas) con hospitalidad. El diccionario, entre otras acepciones, dice: “La hospitalidad es un valor humano que trasciende lo material y se centra en el amor y servicio al prójimo”.
Se trata de abrir nuestras casas a personas, no siempre conocidas, para darles acogida por algunos días o, en otros casos, refugio o protección por circunstancias variadas. También ser hospitalarios a un nivel más colectivo, como iglesia o de forma institucional, es aceptar al prójimo, acoger migrantes o refugiados, sea cual sea su lugar de origen y circunstancias particulares. Al hacerlo, seremos personas de bien, mostrando amor por nuestros semejantes.
No todos somos igual de hospitalarios o generosos, de ahí que se nos diga que lo hagamos sin murmuraciones. Nuestras acciones tienen que reflejar amor, y es algo que no puede fingirse. Nos guste o no, nuestros hechos nos delatan tarde o temprano, tanto si son buenos como si no. Dependiendo de nuestra empatía y amor hacia el otro, así glorificaremos a Dios.
Pablo les dice a los corintios lo siguiente:
“Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente y esforzaos. Todas vuestras cosas sean hechas con amor.”
1ª Co. 16:13-14
Igualmente, esto va también para nosotros y, por ello, debemos intentar poner alma y corazón en el recibimiento que demos a nuestros prójimos. Ellos son los que dirán si fuimos generosos y hospitalarios en su acogida, si de verdad sintieron verdadero amor en su recibimiento, sintiéndose uno más de la familia.
En Isaías 32:8 dice:
“Pero el generoso pensará generosidades, y por generosidades será exaltado”.
Que el Señor nos ayude a ser capaces de darnos a los que necesitan acogida, cariño, un hombro donde llorar o simplemente compartir una alegría.
Josefina M.
Domingo 01 de febrero 2026
