El Espíritu Santo y su obra en la iglesia

La predicación, titulada “El Espíritu Santo y su obra en la iglesia”, se centra en cómo el Espíritu Santo opera tanto dentro como fuera de la iglesia, especialmente desde el día de Pentecostés. El predicador utiliza la figura de Ezequiel, un joven sacerdote deportado a Babilonia, y el valle de los huesos secos para ilustrar cómo la mano de Dios, a través de Su Espíritu, domina las circunstancias, brinda seguridad y trae vida en medio de la desolación. El enfoque bíblico subraya que, aunque el Padre trazó el plan y el Hijo lo cumplió, la operación actual en la vida del creyente es principalmente la del Espíritu Santo, quien obra en la providencia divina para moldear, reavivar y guiar a la iglesia.

  • La nueva era del Espíritu Santo: Desde el día de Pentecostés, la iglesia comenzó a funcionar como un ente vivo, no como una simple organización. El Espíritu Santo es quien opera dentro y fuera de la iglesia, ya que Dios Padre trazó el plan, Dios Hijo lo cumplió, y ahora el Espíritu Santo lo aplica en la vida del creyente (Hechos 2).
  • La mano de Dios sobre nuestra circunstancia: Ezequiel 1:1-3 muestra que, estando en medio de los cautivos junto al río Quebar, «la mano de Jehová vino sobre él». El predicador enfatiza que, aunque no controlamos nuestras circunstancias (Guiados por el pensamiento de que “yo soy yo y mi circunstancia”), Dios es quien domina cada situación. Somos puestos en lugares y tiempos específicos por la providencia divina, y Su mano está sobre nosotros.
  • Seguridad y posesión en la mano del Padre: Basado en Juan 10:28-29 y el Salmo 139, el predicador afirma que la mano de Dios nos da seguridad eterna. “Mis ovejas… nadie las arrebatará de mi mano”. Esta mano no solo nos protege, sino que también nos moldea como el alfarero (Jeremías 18), a veces permitiendo circunstancias dolorosas para que seamos hechos a la imagen de Cristo.
  • Ezequiel como ejemplo de esperanza en la adversidad: Ezequiel era un sacerdote con su vida planificada, pero fue deportado a Babilonia, lejos de su tierra y del templo. El predicador anima a reconocer que, en momentos de pérdida o desilusión, la mano del Señor nos alcanza incluso en el lugar más hostil, recordando que Dios no nos abandona y pelea por nosotros.
  • El valle de los huesos secos y el reavivamiento: En Ezequiel 37, los huesos secos representan una situación de muerte y desesperanza (“Nuestros huesos se secaron, pereció nuestra esperanza”). Sin embargo, el Espíritu Santo sopla de los cuatro vientos para dar vida. La aplicación práctica es que, aunque las dificultades (problemas familiares, económicos, etc.) nos hagan sentir derrotados o paralizados, el Espíritu viene para reavivarnos y sacarnos de nuestra “sepultura”.
  • No dejarse llevar por las circunstancias: A diferencia de Mariano José de Larra, que describió un corazón muerto por las ilusiones perdidas, el predicador insta a no permitir que las pérdidas o los desencantos nos roben la ilusión. El Espíritu Santo es quien nos hace vivir a pesar de las circunstancias, diciéndonos como a Lázaro: “Ven fuera”.

En conclusión, la predicación enfatiza que el Espíritu Santo obra de manera activa en la iglesia y en la vida de cada creyente, incluso en medio de las circunstancias más adversas. El énfasis principal es que la mano de Dios, que es Su Espíritu, nos da seguridad, nos moldea y nos reaviva, tal como lo hizo con Israel en el valle de los huesos secos. La aplicación final para la vida diaria es confiar en que, aunque no entendamos nuestros caminos o estemos pasando por momentos oscuros, debemos dejar que Dios nos sostenga, nos guíe y nos saque de toda situación de muerte espiritual, permitiendo que Su Espíritu nos infunda vida, esperanza y propósito.