En la predicación titulada «Creados con identidad», el predicador aborda la profunda confusión sobre la identidad personal que caracteriza a la sociedad contemporánea. Partiendo de fenómenos culturales actuales, establece que la respuesta a la pregunta «¿quién soy?» no se encuentra en la auto-invención, sino en la revelación bíblica. El mensaje recorre tres escenarios clave en las Escrituras para explicar el origen, la distorsión y la restauración de la identidad humana dada por Dios.
- La identidad es un don recibido, no algo que se construye. En contraste con los mensajes culturales de «descúbrete a ti mismo», la Biblia enseña que la identidad es un diseño y un propósito dado por el Creador, no negociable ni inventado por el ser humano.
- Fuimos creados con una identidad original en la imagen de Dios (Génesis 1:26-27). Esto implica tres realidades fundamentales: tenemos valor intrínseco e infinito por llevar su imagen; hemos sido creados para una relación, principalmente con Dios; y tenemos un propósito claro: administrar la creación para la gloria de Dios.
- Nuestra identidad fue dañada y distorsionada por el pecado (Génesis 3:8-10). Las consecuencias inmediatas fueron el miedo (a Dios y al fracaso), la vergüenza (que lleva a esconderse y a disfrazarse con logros, apariencias o religiosidad) y la huida de la presencia de Dios.
- Dios, en su gracia, busca restaurar al ser humano. A pesar de la huida, Dios pregunta «¿dónde estás?» dando la oportunidad para un encuentro y una restauración iniciada por Él.
- Cristo es el único que puede restaurar nuestra identidad plenamente (2 Corintios 5:17). La restauración no se logra por moralidad, terapia o religión, sino únicamente al estar «en Cristo», lo que nos convierte en «nueva criatura».
- Recibir la nueva identidad en Cristo requiere una renuncia. Implica morir a la identidad antigua y distorsionada, tomando la cruz para seguir a Jesús y permitir que Dios escriba nuestra historia.
- En Cristo, la identidad se redefine radicalmente. Ya no se es definido por el fracaso, la vergüenza o el miedo, sino como un hijo adoptado, reconciliado y perdonado por Dios.
El predicador concluye enfatizando que en un mundo de confusión, la única identidad sólida y con propósito se encuentra en Cristo. Frente a la ansiedad generada por buscar la identidad en cosas pasajeras como el éxito, la apariencia o la aprobación social, el mensaje propone una aplicación final decisiva: transferir la búsqueda de identidad de uno mismo a Cristo. La invitación es a dejar de intentar escribir la propia historia y, en cambio, permitir que Dios defina quiénes somos, viviendo con la seguridad y el gozo que provienen de ser una nueva creación en Él.
