Él extiende el norte sobre vacío, cuelga la tierra sobre nada. Ata las aguas en sus nubes, y las nubes no se rompen debajo de ellas. Él encubre la faz de su trono, y sobre él extiende su nube…………. He aquí, estas cosas son sólo los bordes de sus caminos.
Job 26:7-14
No hace mucho estábamos una buena amiga y yo en la pequeña capilla donde se iba a celebrar el culto de despedida de una querida hermana, cuando entraron los operarios con el ataúd frente a nosotras. Aún no habían entrado las personas que habían venido a darle el último adiós. Mi amiga dijo: “Ella ya está en el cielo”. “Así es”, le contesté, y añadí: “Sabes, el otro día leí un artículo relacionado con el cielo que me sorprendió bastante”. Me llamó la atención su titular con grandes letras que decía: “Confirmado, el cielo existe y lo han encontrado”.
Tengo que reconocer que me gusta leer artículos relacionados con el universo, de ahí que lo leyera. La mayoría muestra fotografías espectaculares de galaxias, planetas, agujeros negros o la Vía Láctea, etc. En ellas se puede ver la grandeza del Creador. En concreto, en este artículo no había fotografías, pero se hablaba de que un telescopio muy potente en el espacio profundo había captado un lugar con una luz muy agradable que invitaba a la calma y transmitía mucha paz. Pero se encontró que no podía avanzar más; había algo que se lo impedía. Realmente, no sé si esto es cierto o fue algo escrito por la inteligencia artificial.
De todas formas, esto me hizo pensar en tantos textos en los que la Palabra del Señor nos habla sobre el cielo. El apóstol Pablo narra en su epístola a los Corintios que no sabe cómo, pero que fue arrebatado al tercer cielo, al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar. 2ª de Corintios 12:2-4. Creo que ninguno de nosotros ha sido llevado al tercer cielo, pero como creyentes tenemos la certeza de que el cielo existe. Igualmente sabemos quién es el autor del universo. Nehemías 9:6 nos dice: “Tú solo eres Jehová; tú hiciste los cielos, y los cielos de los cielos, con todo su ejército, la tierra y todo lo que está en ella, los mares y todo lo que hay en ellos; y tú vivificas todas las cosas, y los ejércitos de los cielos te adoran”.
Lo cierto es que conocemos muy poco de cómo es el cielo. En el texto del encabezamiento, en el ver. 9, dice: “Él encubre la faz de su trono, y sobre él extiende su nube”; de momento nos está vedado. Pero, a pesar de ello, tenemos la seguridad de que es algo tan impresionante que solo está reservado para los que creen en quien no dudó en entregar su vida por ellos. Al apóstol Pablo no se le permitió contar lo que vio y escuchó. Podemos pensar e imaginar cómo puede ser, y es esperanzador que así lo hagamos.
Si seguimos leyendo en este pasaje del libro de Job, hay una descripción del poder de su creación. Estas líneas nos animan a hacerlo cuando nos dice que esos son sólo los bordes de sus caminos, y que lo que hemos oído de Él es un leve susurro. Así que tenemos certeza de que el creyente, cuando exhale su último aliento, irá al cielo con su Señor y Salvador, para regresar con Él en las nubes cuando regrese de nuevo. 1ª Ts. 4:13-18
Que el Señor nos ayude a animarnos y confortarnos con la esperanza del cumplimiento de sus promesas.
Josefina M.
Domingo 03 de marzo 2026
