Eclesiastés 4:9-12
Que el libro de Eclesiastés es un libro teñido de pesimismo es cosa sabida. El famoso “vanidad de vanidades, todo es vanidad”, con que se inicia (Ec 1:2), es el pensamiento subyacente a toda la obra. De hecho, la palabra vanidad aparece en este libro más veces que en el resto del AT (26) o que en todo el NT (4). Y cualquier diccionario nos dirá que esta palabra significa futilidad, brevedad, humo, aliento, pasajero, insustancial, inútil o absurdo.
“Vanidad de vanidades, todo es vanidad” puede encontrarse traducido como “Lo más absurdo de lo más absurdo, todo es absurdo” (NVI) o “Pura ilusión, pura ilusión, todo es ilusión” (La Palabra), si bien la más utilizada, incluso en versiones católicas como la Biblia de Jerusalén o la Nácar-Colunga, sigue siendo “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”.
Por si aún quedara alguna duda de este pesimismo, en 1:14 dice: “Miré todas las cosas que se hacen bajo el sol, y vi que todo ello es vanidad y aflicción de espíritu”. Por ello, no es de extrañar que el colofón con que cierra cada una de las cosas que miró —de las que entresacó probar el placer y gozar de lo bueno (2:1), trabajar (2:11), adquirir sabiduría (2:26), afanarse por amasar dinero (4:8), incluso el propio trabajo (2:11), y la muerte (3:19)— sea que todas son vanidad; es decir, cosas sin sentido.
No obstante, hay una cosa de la que no se dice que sea vanidad: el apoyo mutuo. Y no mediante una larga parrafada que describa todos los casos que caben en el concepto de mutua compañía, ni tampoco la casuística que en cada uno de ellos pueda darse. Pues el enunciado, breve y simbólico, “mejor son dos que uno” (4:9-12), abarca cualquier modalidad de compañía mutua.
Hoy celebramos el Día de la Familia y esta es, sin duda, uno de los mejores exponentes de lo que significa “mejor son dos que uno”, tanto en la relación entre los cónyuges como en la de estos con los hijos, pudiendo abarcar también al resto de los familiares más próximos.
En este ámbito, y siguiendo con la casuística de Eclesiastés, la familia constituye un grupo de personas que se prestan apoyo emocional, ayuda práctica y seguridad, con las que enfrentar las dificultades de la vida. De hecho, aquello que Eclesiastés describe como mejor retribución por el trabajo en equipo, resistencia frente a las agresiones y ayuda para levantarnos cuando caemos, es el desempeño de eso que hoy denominamos red de apoyo.
La familia es la red de apoyo básica. La primera y fundamental a la que todos hemos pertenecido. La familia es la red que permite al recién nacido convertirse en niño; a este, en adolescente; y a este, en joven y adulto. Cierto es que su rol es diferente en cada una de las etapas de la vida, pero no es menos cierto que el relevo generacional hace que esa red se perpetúe. En cualquier caso, e independientemente de la etapa en la que nos encontremos, la familia sigue siendo un puntal desde que nacemos hasta que fenecemos.
Sin embargo, todos conocemos casos en los que la familia no opera como red de apoyo; casos en los que la familia, en vez de favorecer el desarrollo personal y emocional, así como servir de resorte para la resiliencia de sus miembros, provoca todo lo contrario.
Y esto me ha hecho preguntarme por qué el autor de Eclesiastés no menciona “esta cosa” como vanidad, porque la realidad es que en sus tiempos también habría familias rotas y mal avenidas. Dicho de otro modo, conocería familias que eran la ejemplificación de esa vanidad o absurdo que predica a lo largo de todo el libro.
Me parece que la respuesta está no solo en el hecho de que la familia sea una red de apoyo que favorece la resiliencia frente a esas dificultades que con tanta frecuencia arruinan la vida personal y familiar, ni en el hecho de que un grupo unido tenga más fuerza que un individuo aislado. Me parece que el secreto está en ese tercer elemento que el predicador introduce en este caso: “el cordón de tres dobleces” (4:12).
Este cordón presupone algo más que la mera unión humana, pues el tercer doblez está señalando hacia un componente extra. Hacia ese componente que, al final del libro, aparece erradicando el sinsentido de todo el actuar humano: ese Dios al que hemos de amar y obedecer (Ec 12:13).
Sigamos el consejo del predicador; es la mejor receta para combatir las adversidades de la vida y los peligros que acechan la unión de la familia.
David C.
Domingo 17 de mayo 2026
