“Porque ahora que las lágrimas le permitían ver con claridad y que el dolor más profundo le había ablandado el corazón, se daba cuenta de lo hermosa que era la vida de su hermana: una existencia tranquila, sin grandes ambiciones y, aun así, rebosante de sinceras virtudes que tienen dulce aroma y florecen en el polvo; la generosidad que hace que los más humildes en la tierra sean, también, los primeros en ser recordados en el cielo, el mayor éxito al que podemos aspirar.”
Esta reflexión es un fragmento del clásico Mujercitas de Louisa May Alcott. En él, Jo March, una de las hermanas mayores, está aceptando la inminente muerte de una de las hermanas pequeñas, Beth. Durante toda la novela, se nos presenta a una Beth amable, paciente, dedicada al cuidado de sus padres y de la casa. Todos cuantos la conocen la admiran y sus hermanas se esmeran mucho en imitarla.
Lo admirable del personaje que construye Alcott es que no es una joven ambiciosa, al contrario que sus hermanas. No destaca por ser la más inteligente, ni la más guapa, ni la más exitosa y, pensándolo fríamente, tiene la vida “menos impresionante” de todas. Muere joven, nunca llega a enamorarse, nunca sale de la casa de sus padres y toda su existencia se ha basado en atenderles a ellos y al hogar. A pesar de ello, Alcott la coloca en el centro de su novela y en ella personifica el culmen de todas las virtudes que las hermanas quieren poseer. Sin ser la protagonista, para los que entienden realmente el significado del personaje, lo acaba siendo.
Mientras leía esta novela no podía evitar pensar en los mensajes tan contrarios que se nos lanzan actualmente con respecto a nuestras vidas, sobre todo a los jóvenes. Tenemos que ser excepcionales. Tenemos que hacer que nuestras vidas cuenten y que, cuando lleguemos al final, podamos mirar con orgullo lo que hemos conseguido. Para nuestra sociedad, Beth es un personaje trágico. Un ama de casa que muere joven. Sin embargo, a la hora de relatar su muerte, Alcott la retrata como la criatura más afortunada del mundo. No solo porque, por fin, va a encontrarse con su creador, sino porque deja un legado en la tierra mucho más valioso que los logros de sus hermanas: el amor.
Muchas veces en las iglesias lanzamos el mismo mensaje sin darnos cuenta acerca de nuestra misión en este mundo. Vivir para Cristo, predicar el Evangelio a toda criatura, ir hasta los confines de la tierra… se pone el énfasis en los actos más llamativos, olvidando que la misión también es abnegación, es cuidado, es resignación y contentamiento. Es vivir una vida en la que el resto de personas vea a Cristo. La admiración que debemos suscitar en los demás debe dirigirse hacia aquellas virtudes que les hagan preguntarse qué nos lleva a ser así y no necesariamente hacia los logros que podemos llegar a conseguir. Sacar el máximo partido a los dones que se nos han dado, pero sabiendo cuál es el verdadero éxito, como lo supo en ese momento Jo.
Perder el miedo a vivir una vida sencilla nos libra también de la presión de tener que demostrar que somos capaces de hacer más. Todo lo que consigamos es un sobreañadido a una vida que ya es completa porque la vivimos para Cristo y, por lo tanto, esos logros no traen propósito ni plenitud, sino felicidad sobreañadida. El contentamiento es el privilegio de aquellos que han aprendido a amar. Por ello, en Eclesiastés se nos invita a disfrutar de los pequeños placeres y por eso Jesús de Nazaret puso un mandamiento sobre el resto: amar a las personas. Una vez que conquistamos nuestro principal propósito empezamos a ser verdaderamente agradecidos con las bendiciones que nos llegan.
A pesar de haber escrito su novela hace casi 200 años, Alcott supo que al mundo, tanto entonces como ahora, le haría falta recordar que la vida de Beth es la más plena a la que podemos aspirar. Porque, al fin y al cabo y como dijo J. R. R. Tolkien 100 años después, no hay nada de malo en celebrar una vida sencilla.
Jimena L.
Domingo 24 de mayo 2026
