ENTRAD POR SUS ATRIOS CON ALABANZA

La frase que da título a estas líneas es la segunda parte del verso 4 del Salmo 100, que completo dice así: Entrad por sus puertas con acción de gracias, / por sus atrios con alabanza. / ¡Alabadlo, bendecid su nombre!

Los atrios, en el templo de Jerusalén, eran lugares abiertos y espaciosos que circundaban el núcleo principal del mismo, constituido por el Santuario y el Santo de los santos o Santísimo. En realidad, eran patios porticados que distribuían a los visitantes en función de un baremo de sacralidad ya superado: el de los gentiles, el de las mujeres y el de los israelitas ritualmente puros. Pero, dado que los israelitas no podían acceder al Santuario, a lo que apunta el salmo es a una transición interior previa que les dispusiera a cantar con solo traspasar el umbral de la puerta exterior.

Las dimensiones de la mayoría de iglesias evangélicas hoy, entre las que se encuentra la nuestra, carecen de semejante monumentalidad, pues un modesto y reducido zaguán es todo lo que nos pueden ofrecer como atrio. No obstante, el salmo nos pide exactamente lo mismo: llegar a él con la mente y el corazón dispuestos para el canto. Si así no fuera, el salmo no comenzaría con el siguiente imperativo: ¡Cantad alegres a Dios!

Las menciones que encontramos en los salmos al canto están casi siempre referidas al canto congregacional, o sea, al canto durante el culto. Canto en el que hoy, domingo, participaremos nuevamente, por lo que cabría preguntarnos por qué hemos de hacerlo.

Desde el punto de vista estrictamente personal, cada uno tendrá sus propios motivos, pero en el culto los motivos son motivos compartidos. Son los de todos nosotros y tienen que ver con nuestras necesidades como iglesia local y también como iglesia universal.

Enumeradas brevemente y sin ánimo de agotarlas, las necesidades que nos impelen a cantar en el culto son las siguientes: necesitamos cantar porque precisamos conectar con nuestro Dios como comunidad que somos. Necesitamos cantar porque unirnos en una sola voz es una manera de fortalecernos como cuerpo. Necesitamos cantar porque por medio del canto podemos animarnos, edificarnos mutuamente, proclamar nuestra fe y dar a conocer o rememorar enseñanzas clave de la misma. Necesitamos cantar para, de cara al exterior, identificarnos como pueblo de Dios. Pero hay más. Necesitamos cantar porque es la manera privilegiada de dar gloria y honra a nuestro Dios durante el culto, manera que, por añadidura, permite la participación de todos.

¿Se puede cantar con alegría? Pues sí, aunque es cierto que podemos atravesar momentos en los que el pedirnos que cantemos sea un imposible similar al que sintieron los israelitas cuando, ya en Babilonia, los que los habían llevado cautivos les pedían que cantaran a su Dios (Sal 137). No obstante, para ellos esta etapa fue transitoria y lo mismo debe ser para nosotros.

Para terminar, me gustaría que interiorizásemos esta orden/ruego del Salmo 100 en esta mañana, de modo que, más que dar cumplimiento a una orden que nos llega desde fuera, resultase una invitación mutua, surgida de cada uno de nosotros, por medio de la cual nos exhortamos a cantar alegres a nuestro Dios en esta mañana. Teniendo en cuenta que cantar con alegría es cantar de tal manera que no quepan aquellas actitudes que a veces, por diferentes circunstancias, pueden invadirnos: la pasividad, la indiferencia, la distracción, el mal humor y los disgustos. Y, ¡cómo no!, las más entendibles: el peso de los problemas que nos acucian o las tristezas derivadas de las diferentes e importantes pérdidas que nos ocurren en la vida.

La invitación a cantar con alegría es, pues, la invitación a participar en el canto congregacional con la mente dispuesta, el corazón entregado y la gratitud a nuestro Dios a flor de labios. Que hoy y siempre podamos cantar de semejante forma o manera a nuestro Dios.

David C.
Domingo 15 de febrero 2026