EL PARTIDO QUE TODOS NECESITAMOS GANAR

Cada cuatro años, el mundo parece latir al mismo ritmo. Millones de personas siguen los partidos del Mundial, celebran los goles, sufren las derrotas y sueñan con ver a su selección levantar la copa. Quién sabe si esta noche le toque a España…

Durante semanas, las diferencias culturales, políticas o sociales quedan en un segundo plano. Pero, mientras millones siguen el partido más importante a nivel deportivo, existe otro «partido» cuya importancia supera cualquier campeonato. No se juega en un estadio, no dura 90 minutos y su resultado tiene consecuencias eternas.

La Biblia nos enseña que nuestro pecado nos ha separado de Dios. Romanos 3:23 dice: «Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios». Mientras que en el deporte el esfuerzo, la disciplina y el talento pueden conducir a la victoria, el ser humano no puede hacer nada para ganar el perdón y conseguir la reconciliación con Dios (Efesios 2:8-9).

Dios nos da vida cuando lo teníamos todo perdido. Por su gracia podemos ser salvos. El creyente no puede luchar para ganar su salvación; más bien, Cristo vivió la vida perfecta, murió en la cruz llevando nuestro pecado y resucitó, confirmando su victoria sobre el pecado y la muerte.

Cuando una selección gana un Mundial, su alegría y celebración son temporales, pero la victoria de Cristo produce una alegría eterna.

En Apocalipsis se describen multitudes de toda nación, tribu, pueblo y lengua reunidas alrededor del trono de Dios, donde habrá una celebración y una alabanza sin fin, ya que la gloria de Cristo permanece para siempre.

El partido que todos necesitamos ganar ya tiene un vencedor: nuestro Señor Jesucristo, quien nos ofrece salvación eterna a todo aquel que cree en Él. Él reinará para siempre y nos dará un gozo eterno.

Cuando Jesús oró al Padre antes de ir a la cruz, pidió que «todos sean uno» (Juan 17:21). Señor, al ver cómo estos días las personas son capaces de unirse por un balón, permítenos recordar cada día que Tú estás formando un pueblo infinitamente mayor, no unido por el deporte, ni por la cultura, ni por la nacionalidad, sino unido en Cristo Jesús. Esa es la unidad que el mundo necesita, la victoria que transforma vidas y la celebración que nunca tendrá un pitido final.

Débora P.

Domingo 19 de julio del 2026