¿DÓNDE HABRÍAS ESTADO TÚ?

Este domingo celebramos el conocido como “domingo de ramos”, el día en que la gracia infinita de Dios proporcionó a su pueblo la oportunidad de ver entrar en Jerusalén por última vez al Rey-Mesías prometido al que estaban esperando, y de reconocerlo y celebrarlo como tal. En aquella época y cultura era normal que un rey reconocido entrara en una ciudad cabalgando sobre un vigoroso caballo de guerra, y que fuera vitoreado por todos los presentes. Pero Jesús había venido a ser un Rey-Mesías diferente, y atravesó las puertas cumpliendo la profecía de Zacarías, sobre un humilde burrito. Como escribió Tim Keller: “Unió la majestad con la mansedumbre” camino del templo en el que pretendía adorar al Padre. Pero a su llegada le tocó enfrentarse al poder establecido que había sustituido la verdadera adoración por el mercadeo con las cosas del Señor, y se dedicaban a enriquecerse a costa de lo santo.

Cuando Jesús entró en la ciudad aquel día, algunos se encontraban, por tanto, en sus negocios, muchos de ellos abusivos y contrarios a la voluntad de Dios. Y no parece que estuvieran esperando la llegada del Rey-Mesías. Andaban ajenos a la obra que Dios estaba a punto de llevar a cabo. Otros andaban negando las evidencias de lo que Jesús había estado enseñando y demostrando a lo largo de los últimos tres años, porque no interesaba a sus ideas e intereses un Rey-Mesías como el que estaba anunciando ser. No cuadraba con sus esquemas, como si Dios tuviera que encajar en los esquemas de alguien. Estos trataban de poner piedras en el camino de Jesús y sus seguidores.

Pero había otros, una multitud numerosa según nos cuentan los relatos de los Evangelios, que al oír de su llegada decidieron salir a su encuentro con ramas de palmera y luego acompañarle en su entrada a la ciudad, que al parecer sí lo reconocieron como el Rey esperado, el Rey de Israel, el bendito que venía en nombre del Señor,  y que le prepararon una especie de procesión triunfal con la intención de celebrar y proclamar quién era, aunque tristemente los acontecimientos posteriores demostraron que muchos de ellos no tenían tan claro la clase de Mesías que había venido a ser. Ahora parecían admirarle y se dejaban llevar por el fragor del momento, pero poco después se dejarían atemorizar o manipular, y gritarían a favor de su crucifixión.  Según Mateo, algunos le llamaban “Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea”. Pero ya esa exigua comprensión les llevó a conmoverse, a tender ramas y mantos en su camino, a gritar, a aclamarle como el Hijo de David que llegaba en nombre del Señor, y a pedirle a gritos la salvación con la palabra “¡Hosanna!”, quizás sin saber muy bien lo que pedían, pero aclamándole con palabras del Salmo 118 sobre todo, uno de los Salmos bien conocidos por todos y que se solían cantar durante la fiesta de la Pascua. Y para Jesús había llegado el momento de permitir que este griterío se produjera, porque se acercaba la hora de llevar a cabo la maravillosa obra que había venido a realizar a nuestro favor. Ya no era tiempo de mantenerlo en secreto, la hora se acercaba, y todos debían saberlo. Esta entrada triunfal en Jerusalén, a vista de todos, nos muestra que era el propio Jesús quien iba a entregar su vida voluntariamente, ya que aquel entusiasmo de las masas iba a enfurecer a los líderes hostiles y a precipitar los acontecimientos. Pero había llegado el momento de su presentación “oficial”, y por ellos los 4 evangelistas nos lo narran.

También estaban los que entraron con él, todos aquellos seguidores que se habían ido sumando a su equipo, todos ellos llamados con algún claro propósito que aún no alcanzaban realmente a vislumbrar, pero que lo reconocían como quien decía ser, le amaban y le obedecían, como en todo lo referente a los preparativos de aquella entrada en burro. Además estarían muchos que acababan de presenciar el milagro de la resurrección de Lázaro, o que habrían escuchado sobre él en el camino, y otros cuantos curiosos que quizás andaban buscando sin saber aún qué, y que sin pretenderlo pudieron vivir aquel momento antológico de la entrada de Jesús en Jerusalén por última vez antes de su crucifixión y resurrección, como el Rey soberano que había venido a entregarse por nosotros para hacer posible nuestro acceso al Cielo. Distintas maneras de acercarse a Jesús, de acompañarle en aquel día y de reconocer y vivir la realidad de su persona y obra, de preguntarse: ¿quién es este? Unos se harían esta pregunta con curiosidad o interés, otros quizás en tono despectivo o de rechazo.

¿Y tú? ¿Con qué grupo de todos los mencionados te identificas?  ¿Cómo afrontas esta próxima semana en la que estaremos rememorando la llamada “Semana Santa”? ¿Seguirás en “tus negocios” como si tal cosa, quizás sin plantearte siquiera si estos se ajustan a la manera en que Dios desea que vivas en este mundo? ¿Negarás las evidencias y el propósito divino de lo ocurrido durante aquellos días sin investigar a fondo su posible veracidad y/o cerrando tu corazón a lo que Dios quiere hacer en tu vida? ¿Te dedicarás a disfrutar del folclore que rodea a estas fiestas con gritos, falsos clamores, cantos y llantos que tanto se prodigan durante esta semana vayas por donde vayas? ¿O vivirás estos días recordando y celebrando la venida del Rey-Mesías a este mundo para gobernarlo con majestad y mansedumbre, con justicia y paz, con amor y verdad? ¿Lo proclamarás como soberano de tu vida, como ese Salvador y Señor que tanto sufrió para poner su vida por ti y recibir el castigo que tú merecías por tu rebelión contra Dios, pero que venció a la muerte y resucitó glorioso cumpliendo todas las promesas, todas las profecías, y dando así sentido a nuestra fe, y esperanza a nuestra existencia? ¿Vivirás estos días como un verdadero seguidor suyo, amado, escogido y llamado por él con un propósito precioso para tu vida en su Reino? ¿Dónde habrías estado tú aquel día? “A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).¡Nada menos! Miramos a nuestro alrededor y vemos que seguimos necesitando clamar: ¡Sálvanos ahora! Y la Escritura nos responde: “En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

Elena Flores Sanz

Domingo 29 de marzo 2026