Es verdad que la Palabra tiene su fuerza. En el principio era la Palabra. No cabe duda de la necesidad de la Palabra en el mundo, tanto hablada como escrita. También es cierto que nuestros coetáneos están acostumbrados a emitir y recibir mensajes a través de iconos, signos, señales e imágenes. Esto da mucho valor a los mensajes que se mandan desde la conducta humana. Los comportamientos, los compromisos, las prioridades y las formas de vida también hablan, hasta el punto de que esas conductas son, sin duda, también palabra que comunica de una forma gráfica y entendible hoy por las personas de nuestras comunidades y, en especial, por los jóvenes.
Sin duda, la conducta es una forma de comunicación importante en un mundo en el que se dan este tipo de formas comunicativas, entendibles muy bien por todos los públicos y edades. En este contexto, la Palabra se siente apoyada y recibe coherencia por parte de los comportamientos humanos. La Palabra se puede transmitir también por los mensajes que emanan de las conductas, de las formas de vida, de las prioridades y de los hábitos que reflejan las vidas de los creyentes.
Los cristianos, con sus conductas y prioridades, pueden ser, en cierto sentido, “Biblias abiertas” para el mundo. Las conductas también son un apoyo de la Palabra, una forma de dar coherencia a lo que decimos, a lo que creemos y pensamos, una forma de anclar el mensaje en la historia personal de cada uno y en la de aquellos que nos rodean.
Teniendo todo esto en cuenta, los cristianos, al emitir mensajes evangélicos al mundo, no debemos restringirlos solamente a mensajes y expresiones verbales. Tenemos que ser hoy, más que nunca, “hacedores de la Palabra”. La verbalización, sin el respaldo de todos los mensajes, imágenes, signos y señales que emanan de la forma de vida, resulta una simple incoherencia inentendible para el hombre de nuestros días.
¡Cuidado, cristianos! Vivir la espiritualidad cristiana no consiste en verbalizaciones o en profesar creer, porque nuestra conducta puede negar todo aquello que confesamos. Pablo, en la Epístola a Tito, nos lo confirma: “Profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan”. Si faltan los mensajes que se deben dar a través de la conducta, de nuestras formas de vida y prioridades, si no somos “hacedores de la Palabra”, todo es simple religiosidad, simple ritual vano. Los hechos hablan, las acciones y compromisos comunican la Palabra. La conducta puede considerarse, en muchos sentidos, palabra.
La Biblia nos dice que los hechos testimonian y que los compromisos de acción transmiten mensajes. Frase bíblica: “También los que no creen la palabra sean ganados sin palabra por la conducta”.
Debemos ser “hacedores de la Palabra”. Jesús dijo: “Las obras que yo hago dan testimonio de mí”. Por tanto, el testimonio cristiano no consiste solamente en que vayamos hablando, aunque sea sobre textos bíblicos. Se necesita el testimonio de la conducta, que hoy habla al mundo de una forma muy entendible.
La conducta cristiana es siempre evangelizadora. Recordad la frase de Jesús: “Por sus frutos los conoceréis”.
Aclarando algo: todo lo comentado, y muchísimo más que se nos orienta bíblicamente en estas líneas, no excluye la verbalización de la Palabra. Ambas facetas de la comunicación del Evangelio son necesarias, pero es bueno insistir en la conducta cristiana porque, en muchos casos, se ve como prioritario, fundante y casi único el profesar, hablar, orar o rezar, hacer ofrendas, alabanzas y todo tipo de gestos rituales o genuflexiones religiosas, como si la conducta, el compromiso, el ser hacedor de la Palabra y el dar frutos de compromiso con el prójimo fueran algo secundario.
No nos equivoquemos ni seamos cómodos. El cristiano sin una conducta comprometida con el prójimo y sin actos continuos de servicio y amor al prójimo —fundamentalmente al prójimo— es como una Biblia cerrada que no puede comunicar nada a nadie. Así pues, seamos hacedores de la Palabra, haciendo que nuestra conducta comunique el Evangelio de la gracia y de la misericordia de Dios, anclando el Evangelio en la historia de las personas y en nuestra propia historia comprometida.
Juan Simarro Fernández
Domingo 08 de marzo 2026
