La comidilla del barrio, o del “ciberbarrio” esta semana ha sido la sentencia del Caso Noos. Con este trasfondo, muchas personas se han preguntado una cuestión importante, la de si la justicia es igual para todos.

Se trata de una pregunta más difícil de contestar de lo que parece. Quizá nuestro primer impulso es responder con un no rotundo. Obviamente, no se trata igual al rico y poderoso que al pobre e insignificante, ya lo canta- ba Quevedo: “¿Quién los jueces, con pasión/ sin ser ungüento hace humanos,/ pues untándolos las manos/ los ablanda el corazón? ¿Quién gasta su opilación/ con oro, y no con acero?/ El dinero.”

Esto no solamente ocurría en tiempos de Quevedo. El profeta Miqueas denunciaba: “el príncipe demanda, y el juez juzga por recompensa; y el grande habla el antojo de su alma, y lo confirman” (Miqueas 7:3).

En mayor o menor medida ha sucedido siempre que la justicia no trate por igual a todo el mundo. Otro texto bíblico que refleja una injusticia brutal, es el momento en el que una mujer sorprendida en adulterio va a ser ape- dreada (Juan 8:3-11). En este caso, se ve muy claro que la justicia no era tampoco equitativa en tiempos de Jesús, porque la mujer aparece conde- nada a una terrible muerte, pero el hombre, no menos adúltero que ella, no aparece siquiera juzgado.

Sin duda, nuestras garantías jurídicas son mejores que en los tiempos de Quevedo, de Miqueas o de Jesús, pero la justicia igual para todos, o una justicia que sea verdaderamente justa, nos sigue pareciendo una meta muy lejana, quizá incluso una utopía.

Pero si la justicia verdadera es irrealizable, una mera fantasía ¿No sería mejor resignarse, aceptar la injusticia y apostar por ser pragmático? Si pensamos en cómo se comportó Jesús ante la mujer adúltera y sus jueces, encontramos que la resignación estaba muy lejos de ser su apuesta.

La respuesta de Jesús a la injusticia, no pasaba por el conformismo, sino por la denuncia crítica, por la ejemplaridad y por el perdón. Y esas tres cosas deberían guiar el ejercicio de nuestra justicia cristiana todavía hoy.

Que Dios nos ayude a dejarnos guiar por criterios justos, empezando por nos- otros mismos, y teniendo entre ceja y ceja la misericordia de Dios. Esta es la justicia que un día triunfará, la justicia verdadera y misericordiosa, y todas las justicias injustas, faltas de equidad o intransigentes serán abolidas para siempre.

Daniel Sánchez



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