Todos sabéis que mi salud es muy precaria, que, en cuanto a enfermedades, de pocas me he librado: dos cánceres, uno de pulmón y otro de vejiga, varios ictus, operación de cataratas, glaucoma con la cual he perdido el 85% de la vista en el ojo derecho, atropello con rotura de la meseta tibial izquierda que me ha dejado una cojera importante y otras varias que no os voy a narrar.

No os cuento esto para quejarme de ello o para que me compadezcáis. Lo hago para testificar que en todas estas circunstancias he sentido fuertemente la presencia del Señor a mi lado, poniendo en mí su mano podero- sa sacándome de todos estos conflictos.

Así y todo, cuando estoy en soledad, vienen sobre mí aires de depresión y sólo puedo salir de ellos acercándome al Trono de Gracia de nuestro Padre Dios en busca de ayuda y os digo que nunca me ha fallado o decepcionado, siempre acudió a consolarme.

Os voy a decir en donde he encontrado la ayuda de Dios en mi último estado de casi depresión. Lo encontré en un himno que cantábamos mucho en la Iglesia de Valdepeñas, que dice así:

Ven alma que lloras, ven al Salvador; en tus tristes horas dile tu dolor/ Dile, si, tu duelo, ven tal como estás, que en Él hay consuelo, y no llores más/ Toda tu amargura dí al Amigo Fiel; penas y tristuras deposita en Él./ En su tierno seno descanso hallarás. Ven, que al pobre es bueno, y no llores más/ Tú mismo al cansado dirige a Jesús, Lleva al angustiado al pie de la cruz/ La bendita nueva de celeste paz a los tristes lleva, y no llores más.

 

Vicente Simarro



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