El historiador israelí Yuval Noah Harari ofrece un dato terrible acerca de la matanza del día de San Bartolomé (23/08/1572): “entre 5.000 y 10.000 protestantes fueron asesinados en menos de 24h (…) murieron más cristia- nos a manos de otros cristianos que a manos del Imperio romano politeísta a lo largo de toda su existencia” (De Animales a Dioses. p.241-Ed. Debate).

No es extraño que algunas personas hayan llegado a la conclusión de que las religiones monoteístas, o las ideologías que propugnan la defensa de una única verdad son más intolerantes que las religiones politeístas o que las filosofías de corte relativista. Algunos datos parecen confirmar que quie- nes pensamos que hay una única verdad estamos menos dispuestos a con- vivir con personas que piensan diferente que aquellos a los que la verdad les puede resultar algo relativo, o sencillamente una entelequia.

Cuando queremos rebatir la idea de que el cristianismo es intolerante por definición, nos encontramos con el escollo de una historia de la Iglesia pla- gada de intolerancia. Sin embargo, también hay ejemplos honrosos, comen- zando por el mismo Jesús, quien, a la luz de lo que cuentan los Evangelios, jamás se propuso imponer por la fuerza su forma de pensar a otros.

Si Jesucristo, que era “la Verdad” hecha ser humano (Juan 14:6) actuaba así, cuánto menos deberíamos caer nosotros en la intolerancia. Nosotros que percibimos la verdad de manera difusa, “como por espejo” (1aCo.13:12) ¿Cómo es que nos atrevemos a ser intolerantes?

Daniel Sánchez



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