Durante mucho tiempo ponía mi confianza en las promesas de Dios. Colocaba mi mano sobre éstas y afirmaba lo que estaba escrito. Es bueno poner la confianza en las promesas de Dios, pero pronto corremos el riesgo de separar las promesas de la persona que promete. Si no tuviese ninguna promesa, pero tuviese a Dios, igual tendrías todo lo que sus promesas ofrecen.

La fe que descansa en promesas puede ser peligrosa. Todo su mundo gira en lo que está escrito. Pero la fe que descansa en Dios, el Prometedor, es muy sólida y confiada.

Veamos o no veamos cumplidas esas promesas, igual nos regocijamos y confiamos en Él. Dios no es menor que la mayor de sus promesas.

Porque Abraham creyó a Dios pudo creer en sus promesas. El Dios de David estaba muy por encima de todas las promesas del Señor. Por eso toda su vida fue un permanente asombro. Aunque no tengas ninguna promesa, deléitate en Dios y Él te dará las peticiones de tu corazón. Si tengo a Dios, tengo todas sus promesas, pero no puedo quedarme con las promesas y dejar a Dios a un lado.

Tú y yo tenemos algo más que promesas visibles, tenemos al Dios invisible.

Oración: Señor, gracias por tus promesas. Pero te damos más gracias, por Ti, el Prometedor de nuestras vidas que siempre estás a nuestro lado. Amén.

Elena González



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