Conocer a Jesús es la mayor y mejor experiencia que cualquier ser humano pueda tener. Más allá de su lugar de nacimiento, logros académicos o laborales, más allá de su felicidad matrimonial o familiar, más allá de su dinero o cosas materiales… cada día que pasa tengo menos dudas que nada puede hacer sombra a la bendición de saberse perdonado por la Gracia de Dios.

Este cambio en nuestro status (pasar de muerte a vida, de la oscuridad a la luz) debe producir en nosotros un nuevo estado de gratitud permanente, de gozo interior, y también de compromiso con Dios y con el prójimo… por encima de todas las cosas. Pero el peligro es que también puede producir cierto grado de orgullo o soberbia.

Israel se sabía el pueblo elegido, ello le llevó a olvidar su misión de alcanzar a los pueblos vecinos con la Ley, de ser luz para otros y optó por desarrollar un etnocentrismo exclusivista (sólo hay que ver la actitud de Jonás) que le alejó de Dios. El cristiano puede llegar a creer que su situación privilegiada le hace distinto, convencerse de su supuesta bondad y verse superior a los demás olvidando con facilidad de qué mundo le sacó Dios. A menudo nuestra memoria es muy selectiva y sólo se acuerda de lo que le interesa, ensalzando nuestra satisfactoria situación actual y olvidando nuestro pasado. ¡Porque todos tenemos un pasado del cual no sentirnos demasiado satisfechos!

Me llena de esperanza escuchar testimonios de hermanos valientes que con alegría cuentan sus antiguas miserias físicas y espirituales para aclarar rápidamente que ya no están ahí y que salir de ellas ha sido una acción exclusivamente de Dios, que Él tiene todo el mérito y que en nada ellos tuvieron algo que ver pero que anhelan que los demás lo sepan. Personalmente esa humildad me desafía y me enseña cuánto tengo que aprender aún.

Sí, el Evangelio lleva a la humildad y a la preocupación para con los que aún no creen en Jesús. No nos puede alejar de los más necesitados sino llenarnos de misericordia y amor hacia ellos. No puede hacernos insensibles o superiores sino accesibles y empáticos. En la Gran Comisión Jesús nos pidió ser sus testigos pero no sus jueces, abogados o fiscales: sólo sus testigos, sin añadir ni quitar nada de lo que hemos visto y oído. Seguimos llamados a condenar el pecado sin despreciar al pecador. ¿A qué Pastor no le gustaría que su Iglesia se llenara de prostitutas, ladrones, traficantes, drogadictos, alcohólicos, terroristas, mentirosos, políticos corruptos… si estuvieran buscando como prioridad a Jesús, si lo hubieran aceptado como su único Señor y Salvador y se hubieran comprometido con Él?

Cuidado con el orgullo espiritual, con creernos superiores, huyamos de las miradas altivas y los prejuicios hacia aquellos que no son -ni quieren ser- exactamente como nosotros. Rechacemos el pensar que somos mejores que ellos, porque gracias a Dios ni nuestro curriculum, ni apellido ni pasaporte, ni pedigrí evangélico contarán para nada en nuestra salvación. Contará nuestra fe en Jesús y nuestra vida comprometida con Sus enseñanzas así como el amor al prójimo. Una fe auténtica y comprometida es la que nos salva, por la gracia y la obra de Dios, precisamente para que nadie se gloríe (Efesios 2:8-10)

José Gutiérrez González



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