En muchos textos bíbicos nos topamos con la realidad de la enemistad humana. El Faraón del Éxodo, puede ser un buen ejemplo de enemigo, alguien que se beneficia de esclavizar a los israelitas, que, además, tiene un carácter soberbio.

No es solamente un enemigo de Moisés, lo es de todos los israelitas, e incluso, un enemigo de Dios “¿Quién es el Señor para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco al Señor, ni tampoco dejaré ir a Israel” (Éxodo 5:2) Otros pasajes reflejan la angustia de los creyentes al encontrarse con enemigos poderosos “cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores, mis enemigos, para comer mis carnes…” (Salmo 27:2) Parece constante, no solamente que el creyente tenga enemigos, sino que estos se antojen demasiado fuertes. El enemigo no es sencillamente uno que desee hacernos daño, sino que es alguien que puede hacerlo, alguien a quien, siendo sensato y realista, podemos tener miedo. En los tiempos del Antiguo Testamento, el papel del enemigo parece fácil de asignar. Si Israel es el pueblo escogido, los enemigos de Dios resultan los enemigos de Israel (Edom, Moab, Asiria, Siria, Babilonia….). Digo que parece fácil, pero no lo es, porque solamente hace falta leer por encima el libro de Rut o en de Jonás para comprender que la identificación no es tan sencilla. Sin embargo, en los tiempos de Jesús, la idea generalizada era que los invasores romanos eran el enemigo, y cuando Jesús hablaba de amar a los enemigos (Mateo 5:44), sin duda quienes lo escuchaban vestían, en su imaginación al enemigo con el traje de legionario. No en vano, las palabras de Jesús sobre obligar a alguien a llevar la carga una milla (Mateo 5:41) se refieren a una norma que tenían los soldados romanos respecto a la población de los lugares que conquistaban.

El Nuevo Testamento profundiza mucho más en el problema de la enemistad humana. Hasta el punto de señalar que, muchas veces, el peor enemigo somos nosotros mismos “¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?” (Santiago 4:1) Hoy, vemos cómo sigue habiendo enemigos, explotadores, acosadores y angustiadores de sus semejantes. También vemos cómo nuestras propias pasiones (o también nuestras desidias) se convierten en enemigos que asedian nuestro crecimiento en la fe y provocan infelicidad a nuestro alrededor.

Que Dios nos ayude a identificar a nuestros enemigos correctamente, a no simlificar, y a apoyarnos como hermanos en la lucha. Porque, siendo sensatos y realistas, tenemos enemigos fuertes, pero si confiamos en la Palabra de Dios, sabemos que Él, por gracia, nos ha hecho “más que vencedores” (Romanos 8:37)

Daniel Sánchez



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